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Schultz visitó una cárcel

*Gaby se animó a vivir algo nuevo, a conocer otras realidades. Escuchá la experiencia y reviví la historia*.

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Nunca entré a una cárcel. Sí tuve que cubrir algún motín en la de Devoto, pero siempre del lado de afuera, hablando con los familiares y hasta con los presos que me gritaban desde las ventanas, pero nunca había estado adentro. Entonces, con Angarola, fuimos hasta la unidad penitenciaria de Mercedes, provincia de Buenos Aires.

Llegamos a los pagos de Casciari en un remis que manejaba Jorge, y pasamos tres veces por delante de la cárcel sin darnos cuenta que estaba ahí. Buscábamos un edificio gris y lúgubre, y sin embargo ese paredón blanco pintado prolijamente era el lugar. Era la cárcel de Mercedes.
Nos estaba esperando Adolfo Cersósimo, el director; Vilma, una colaboradora de prensa, y algunos otros trabajadores de la penitenciaría.
Nos contaron que en ese lugar alojaban a ochocientos setenta y siete presos, entre hombres y mujeres. Me sorprendió que fuera mixta, aunque no comparten los pabellones.
Mi intención era ver cómo es la vida de los presos y poner a prueba esa frase hecha, que llevamos dentro, que dice que en las cárceles sólo los perfeccionan para ser mejores delincuentes.
En ese establecimiento se desarrollan varios talleres, cursos y hasta una escuela primaria y otra secundaria. Justo horas antes de mi visita, 24 internos habían recibido su diploma de finalización del secundario, me contaba con orgullo el director.
WhatsApp Image 2016-12-07 at 19.22.52 (1)Luego de esta charla introductoria, empecé a recorrer los pasillos de la prisión. Caminé y a cada paso se abrían las mismas rejas que se cerraban inmediatamente detrás de mí. Me invadía una mezcla de miedo e incertidumbre y temía por lo que estaba a punto de vivir.
Entré a un aula en la que había unos 10 hombres, uno de ellos ciego, otro que parecía ser el profesor, y los supuestos alumnos. Eso era el taller de braille, en donde los internos traducen a ese lenguaje libros que son pedidos por diferentes establecimientos para su utilización posterior. Había sobre la mesa traducciones de “Platero y yo”, “Mi planta de naranja lima” y “El Principito”, entre otros. Una escuela con alumnos no videntes los había pedido, y los internos los estaban traduciendo. El muchacho ciego, Patricio, que estaba con su perro lazarillo, es un voluntario que va una vez por semana a corregir los libros traducidos al Braille, sin esperar nada a cambio, solamente el interés de ayudar a otros como él.
El docente me contó que, dado que hay una ley para que los restaurantes tengan un menú en Braille, a ellos les serviría mucho como posibilidad de ingreso económico que los contraten para escribirlos.
De ahí nos fuimos a la panadería. Los internos preparan el pan para ellos y también realizan 180 kg de pan por día que se reparten en 12 escuelas del distrito de Mercedes. Pero su mayor orgullo es hacer las tortas que les encargan de algunos colegios. Vi que habían hecho 3, y eran imponentes. También me dieron de probar unos panes saborizados que estaban deliciosos.
Seguí recorriendo la cárcel, pero ya en ese momento no sentía que me rodeaban presos, sino gente que se mostraba agradecida al advertir que alguien se interesaba por ellos.
Llegue al taller de luthier. Allí un interno hace guitarras y charangos que luego son vendidos para recaudar fondos.
(Audio)
Nunca en mis 50 años estuve tan cerca de un asesino confeso. Nunca había hablado con alguien que me dijera eso. Y por más que yo no podría jamás pensar en quitarle la vida a nadie, no sentí desprecio por esa persona. Mientras hablaba con él, me molestaba no odiarlo. Me preocupaba no enojarme. Pero también sentí que quiere ser mejor y que sueña con hacer su trabajo de luthier en libertad.
Luego fuimos al taller de chapa y pintura, donde arreglan los autos del penal, aunque también hay algunos particulares que son llevados y sólo pagan la mano de obra. Lo mismo ocurre con la tapicería, donde por retapizar un sillón de 3 cuerpos cobran 650 pesos. No pude evitar hacer el comentario “hay más chorros afuera que acá”.
Seguimos por la cocina, con los internos cocinando polenta para la cena, la herrería, y en la carpintería charlamos con Pablo, que estaba haciendo una artesanía hermosa.
(Audio).
Mientras iba cayendo la noche y terminando mi recorrida, sentía que muchas de las personas que van a seguir su vida ahí adentro quieren ser mejores, sólo que a veces no tienen la oportunidad.
Me despedí de cada uno de los que tan cordialmente nos atendieron, y mientras salía, y nuevamente se me abrían las rejas para irme, me di cuenta que algunos de los que entran quizás no saldrán jamás. Y que el Estado que nunca los miró, los contuvo o los cobijó, ahora termina haciéndose cargo de ellos, con el costo de vidas en el medio.
La importancia de estas actividades que realizan es que los prepara para enfrentar a la vida de otra manera. Sólo necesitan que la sociedad, nosotros, estemos preparados para aceptarlos.
La cárcel hace de una persona, un detenido. La cárcel pone, inevitablemente el acento en la libertad. En su carencia y en su existencia. Es ese su poder. La cárcel anula a la libertad de quienes viven en ella. Las penas son tiempo de vida sin libertad.
Por suerte, por buena conducta o por lo que fuera, muchos de nosotros no nos detenemos a pensar lo que significa ser libres. No vemos nuestro espacio físico reducido. Podemos hacer lo que querramos. Yo entré y salí de una de las instituciones que la sociedad usa para mantener el orden. A veces sólo hace falta conocer otras realidades para comprender y valorar los propios mundos.
En algunos casos, como dice Otto von Bismark: “La libertad es un lujo que no todos pueden permitirse”.

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  • Facundo Gastón Diez

    Genial.
    Para comprender hay que conocer-se! Mientras vemos otras realidades nos damos cuenta de nuestras propias vivencias, lo que tenemos y lo que carece, ahí te das cuenta que nadie es un caso aislado y que todos tienen sus motivos aunque algunos sean difíciles de aceptar.
    Excelente nota, gracias por compartirlo Schulz!